Amalia
Amalia —¡Qué! Nosotros somos mandados; y cuando veamos las cosas mal, nos pasaremos; entretanto yo me he de hacer matar por el Restaurador, y por eso soy de la gente de confianza del comandante.
—¡Fíate mucho! ¡Que nos eche de menos luego, y verás tú y yo lo que nos pasa!
—¡Oh! ¿Y él no nos mandó por este lado, y a Morales por el Retiro, y a Diego, con cuatro más, por las calles a buscar al que se escapó? Entonces, le decimos mañana que hemos pasado la noche buscándolo, y no nos dirá nada.
—Pero ¡qué susto llevaba Camilo cuando fue a avisarle al comandante! Le dijo que salieron cuatro a proteger al unitario, pero no le ha de haber creído porque sabe que es flojo.
—Sí, pero los otros no eran flojos, y uno solo no los había de matar. Por mi parte, yo no los busco.
—¡Qué buscarlos! Yo me voy a la Boca —dijo aquel que había traído los billetes en el sombrero, levantándose y montando tranquilamente en su caballo, mientras el otro se dejó estar sentado.
—Bueno —dice éste—, ándate nomás, yo voy a acabar mi cigarro antes de irme a casa; mañana te iré a buscar de madrugada para que nos vayamos al cuartel.
—Entonces, hasta mañana —dice aquél, dando vuelta su caballo, y tomando al trote el camino de la Boca.