Amalia

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Algunos minutos después, el que se había quedado mete la mano al bolsillo, saca una cosa que aproxima a su cigarro en la boca, y la contempla a la claridad que esparcía la brasa.

—¡Y es de oro el reloj! —dice—; éste nadie me lo vio sacar; y la plata que me den por él no la parto con ninguno.

Y examinaba y volvía a examinar el reloj a la luz de su cigarro.

—¡Y está andando! —dice, aplicándoselo al oído—, pero yo no sé… yo no sé cómo se sabe la hora… —y volvía a iluminar su preciosa alhaja…— ¡Ésta es cosa de unitarios!… La hora que yo sé es que serán las doce, y que…

—Ésta es la última de tu vida, bribón —dice Daniel dando sobre la cabeza del bandido, que cayó al instante sin un solo grito, el mismo golpe que había dado en la cabeza de aquel que puso el cuchillo sobre la garganta de Eduardo; golpe que produjo el mismo sonido duro y sin vibración, ocasionado por un instrumento que Daniel tenía en sus manos, muy pequeño y que no conocemos todavía, el cual parece que hacía sobre la cabeza humana el mismo efecto que una bala de cañón que se la llevase, pues que los dos que hemos visto caer no habían dado un solo grito.


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