Amalia
Amalia Daniel, que había salido de la zanja y llegádose como una sombra hasta el bandido, luego que le dio el golpe en la cabeza tomó la brida del caballo, lo trajo hasta la zanja y, sin soltarla, bajó y dio un abrazo a su amigo.
—¡Valor, valor!, mi Eduardo ¡ya estás libre…, salvo…; la Providencia te envía un caballo que era lo único que necesitábamos!
—Sí, me siento un poco reanimado, pero es necesario que me sostengas… no puedo estar de pie.
—No hagas fuerza —dice Daniel, que carga otra vez a Eduardo, y lo sube al borde de la zanja.
En seguida salta él, y con esfuerzos indecibles consigue montar a Eduardo sobre el caballo que se inquietaba con las evoluciones que hacían a su lado. En seguida recoge la espada de su amigo, y de un salto se monta en la grupa; pasa sus brazos por la cintura de Eduardo; toma de sus débiles manos las riendas del caballo, y lo hace subir inmediatamente por una barranca inmediata a la casa del señor Mandeville.
—Daniel, no vamos a mi casa porque la encontraríamos cerrada. Mi criado tiene orden de no dormir en ella esta noche.
—No, no, por cierto; no he tenido la idea de querer pasearte por la calle del Cabildo a estas horas, en que veinte serenos alumbrarían nuestros cuerpos federalmente vestidos de sangre.