Amalia

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—Bien, pero tampoco a la tuya.

—Mucho menos, Eduardo; yo creo que nunca he hecho locuras en mi vida; y llevarte a mi casa sería haber hecho una por todas las que he dejado de hacer.

—¿Y adónde, pues?

—Ése es mi secreto por ahora. Pero no me hagas más preguntas. Habla lo menos posible.

Daniel sentía que la cabeza de Eduardo buscaba algo en que reclinarse, y con su pecho le dio un apoyo que bien necesitaba ya, porque en aquel momento un segundo vértigo le nublaba la vista y lo desfallecía; pero, felizmente, le pasó pronto.

Daniel hacía marchar al paso su caballo. Llegó por fin a la calle de la Reconquista, y tomó la dirección a Barracas: atravesó la del Brasil y Patagones[13], y tomó a la derecha por una calle encajonada, angosta y pantanosa, y en cuyos lados no había edificio alguno sino los fondos de ladrillo o de tunas de aquellas casas con que termina la ciudad sobre las barrancas de Barracas.


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