Amalia
Amalia Al cabo de seiscientos pasos, la callejuela da salida a la empinada y solitaria barranca de Marcó[14], cuya pendiente rápida y estrechísimas sendas causan temor de día mismo a los que se dirigen a Barracas, que prefieren la barranca empedrada de Brown, o la de Balcarce, antes que bajar por aquel medio precipicio, especialmente si el terreno está húmedo. A esa barranca llegó Daniel, y las mismas calidades de mala y solitaria fueron para él en ese momento una garantía por la que le daba preferencia. Además, él conocía perfectamente los senderos, y bajó por ella, dirigiendo hábilmente su caballo sin el mínimo contratiempo.
Llegado a la calle traviesa entre Barracas y la Boca, dobló a la derecha, y recostándose a la orilla del camino, llegó al fin a la calle Larga de Barracas[15] sin haber hallado una sola persona en su tránsito. Tomó la derecha de la calle, enfiló los edificios, lo más aproximado a ellos que le fue posible, e hizo tomar el trote largo a su caballo, como que quisiera salir de ese camino frecuentado de noche por algunas patrullas de policía.
Al cabo de pocos minutos de marcha, detiene su caballo, gira sus ojos, y convencido de que no veía ni oía nada, hace tomar el paso a su caballo, y dice a Eduardo:
—Ya estás en salvo, pronto estarás en seguridad y curado.