Amalia
Amalia ¡Ya no le quedaba a Amalia sobre la tierra otro cariño que el de su madre, cariño que suple a todos cuantos brotan del corazón humano; único desinteresado en el mundo y que no se enerva ni se extingue sino con la muerte; y la madre de Amalia murió en sus brazos tres meses después de la muerte del señor Olabarrieta!
Los espíritus poéticos, en quienes la sensibilidad domina prodigiosamente la organización y la vida, tienen en sí mismos el germen de una melancolía innata que se desenvuelve en el andar del tiempo y los sucesos, y llega a enseñorearse tanto de aquellos espíritus que, sin saberlo ellos, llegan a ser melancólicos hasta en los sueños o en las realidades de su propia felicidad.
Sola, abandonada en el mundo, Amalia, como esas flores sensitivas que se contraen al roce de la mano o a los rayos desmedidos del sol, se concentró en sí misma a vivir con las recordaciones de su infancia, o con las creaciones de su imaginación, alumbradas con los rayos diáfanos y dorados de las ilusiones, que de vez en cuando se escapan de la luz íntima de los espíritus poetizados y cruzan por ese mundo sin forma, ni color, que los sentidos no palpan, pero que existe, sin embargo, para la imaginación y para el alma.
Sola, abandonada en el mundo, quiso también abandonar su tierra natal, donde hallaba a cada instante los tristísimos recuerdos de sus desgracias, y vino a Buenos Aires a fijar en ella su residencia.