Amalia
Amalia Ocho meses hacÃa que se encontraba allÃ, tranquila, si no feliz, cuando nos la dieron a conocer los acontecimientos del 4 de mayo. Y veinte dÃas después de aquella noche aciaga, volvemos a encontrarnos con ella en su misma quinta de Barracas.
Eran las diez de la mañana, y Amalia acababa de salir de un baño perfumado.
La luz de la mañana entraba al retrete, que los lectores conocen ya, a través de las dobles cortinas de tul celeste y de batista, e iluminaba todos los objetos con ese colorido suave y delicado que se esparce sobre el oriente cuando despunta el dÃa.
La chimenea estaba encendida, y la llama azul que despedÃa un grueso leño que ardÃa en ella se reflectaba, como sobre el cristal de un espejo, en las láminas de acero de la chimenea; formándose asà la única luz brillante que allà habÃa.
Los pebeteros de oro, colocados sobre las rinconeras, exhalaban el perfume suave de las pastillas de Chile que estaban consumiendo; y los jilgueros, saltando en los alambres dorados que los aprisionaban, hacÃan oÃr esa música vibrante y caprichosa con que esos tenores de la grande ópera de la Naturaleza hacen alarde del poder pulmonar de su pequeña y sensible organización.