Amalia
Amalia En medio de este museo de delicadezas femeniles, donde todo se reproducía al infinito sobre el cristal, sobre el acero, y sobre el oro, Amalia, envuelta en un peinador de batista, estaba sentada sobre un sillón de damasco caña, delante de uno de los magníficos espejos de su guardarropas; su seno casi descubierto, sus brazos desnudos, sus ojos cerrados, y su cabeza reclinada sobre el respaldo del sillón, dejando que su espléndida y ondeada cabellera fuese sostenida por el brazo izquierdo de una niña de diez años, linda y fresca como un jazmín, que en vez de peinar aquello, parecía deleitarse en pasarlos por su desnudo brazo para sentir sobre su cutis la impresión cariñosa de sus sedosas hebras.