Amalia
Amalia En ese momento, Amalia no era una mujer: era una diosa de esas que ideaba la poesía mitológica de los griegos. Sus ojos entredormidos, su cabello suelto, sus hombros y sus brazos descubiertos, todo contribuía a dar mayor realce a su belleza. Era así, dormida y cubierta por un velo más descuidado que ella misma, que algunos escritores de Roma antigua describen a Lucrecia, cuando se ofreció por primera vez a los ojos de Sextus, de quien el bárbaro crimen debía perder la mujer y salvar la patria, quinientos años antes de Cristo. Y cuando Cleopatra llegó hasta su vencedor, en su galera con popa de oro, con velas de púrpura y remos de plata, venía dormida sobre cojines egipcios, sirviendo de velo a su seno de alabastro, sus cabellos negros como la noche, y Antonio olvidó a Roma y sus legiones y se hizo esclavo de la diosa dormida. Así, en ese momento, y de ese modo, Amalia, repetimos, no era una mujer, sino una diosa.
Había algo de resplandor celestial en esa criatura de veintidós años, en cuya hermosura la Naturaleza había agotado sus tesoros de perfecciones, y en cuyo semblante perfilado y bello, bañado de una palidez ligerísima, matizada con un tenue rosado en el centro de sus mejillas, se dibujaba la expresión melancólica y dulce de una organización amorosamente sensible.