Amalia
Amalia En ese momento no era el sueño quien cerraba los párpados de Amalia, entrelazando sus largas y pobladas pestañas; no era el sueño, era un éxtasis delicioso que embriagaba de amor aquella naturaleza armoniosa e impresionable, bajo la tibia temperatura que la acariciaba, y en medio de los perfumes, de la música y de los rayos blancos y celestinos de luz que la inundaban blandamente.
Imágenes blancas y fugitivas, como esas mariposas del trópico que vuelan y sacuden el polvo de oro de sus alas sobre las flores que acarician, parecía que volaban jugueteando por el jardín de su fantasía; pues dos veces su fisonomía se animó y la sonrisa entreabrió sus labios, que cerráronse luego como dos hojas de rosa a quien halaga y conmueve el aliento fugaz que se escapa de los labios de un amante que pone un beso sobre ella, en recordación de la mano que se la envía.