Amalia
Amalia —Ni una palabra; pero ha sonreído usted dos veces.
—Es verdad; sé que no he hablado, y que me he sonreído.
—¡Cómo! ¿Lo que hace usted dormida, lo recuerda cuando se despierta?
—Pero yo no duermo cuando tú lo piensas, Luisa mía —contestóle Amalia, mirando con una expresión llena de cariño a su inocente compañera.
—¡Oh, sí que duerme usted! —replicó la niña, sonriendo otra vez.
—No, Luisa, no. Yo estoy perfectamente despierta cuando tú crees que duermo. Pero una fuerza superior a mi voluntad cierra mis párpados, me domina, me desmaya; no sé nada de cuanto pasa en derredor de mí, y, sin embargo, no estoy dormida. Veo cosas que no son realidades; hablo con seres que me rodean, siento, gozo o sufro según las impresiones que me dominan, según los cuadros que me dibuja la imaginación y, sin embargo, no estoy soñando. Vuelvo de esa especie de éxtasis y recuerdo perfectamente cuanto ha pasado en mí; aún más: conservo por mucho tiempo el influjo poderoso que me ha dominado y creo estar aún en medio de las imágenes que acaba de crear mi fantasía; como en este momento, por ejemplo, creo verlo como hace un instante lo estaba viendo aquí, aquí a mi lado…