Amalia
Amalia En la mujer, los encantos físicos dan resplandor, colorido, vida a las bellezas y gracias de su espíritu; y las riquezas de éste, a su vez, dan valor a los encantos materiales que la hermosean. Y es de esta unión armónica del alma y los sentidos, donde resalta siempre la perfección de una mujer, ante quien los sentidos entonces dejan de ser audaces por respeto a su alma, y el amor deja de ser una espiritualización extravagante por respeto a la belleza material que lo fomenta, si precisamente no lo origina.
Y era Amalia, pues, una de esas privilegiadas criaturas que reúnen en sí aquella doble herencia del cielo y de la tierra, que consiste en las perfecciones físicas, y en la poesía o abundancia de espíritu en el alma.
Perezosa como una azucena del trópico a quien mueve blandamente la brisa de la tarde, su cabeza se inclinó a un lado del respaldo del sillón, fijó sus ojos tiernos en la pequeña Luisa, y con una sonrisa encantadora le preguntó:
—¿He dormido, Luisa?
—Sí, señora —le contestó la niña, sonriendo a su vez.
—¿Mucho tiempo?
—Mucho tiempo no, pero más que otras veces.
—¿Y he hablado?