Amalia
Amalia Sin embargo, en aquel modelo de perfecciones mujeriles, radiante en aquel momento de cuanto puede animar la voluptuosidad humana, se reflejaba algo que los sentidos no alcanzaban a comprender, porque pertenecía a lo más ideal de la poesía y del amor.
Aquella fisonomía, tan dulce a par de bella, estaba bañada por una luz tenue de melancolía y sentimiento; y en el cristal límpido de aquellos ojos, que se entreabrían en medio de un éxtasis del alma, había más de ilusión que de mirada mundanal; mezcla indefinible de abstracción de la vida y de esa claridad sobrenatural que se difunde en la pupila cuando el espíritu está más arriba de la tierra, y absorbe, en sus raptos de poesía, los destellos de la luz del cielo. Y puede decirse que en ese raudal de luz que se desprendía de sus ojos, las gracias, la belleza material de esa mujer, se espiritualizaban a su vez; sublimándose de ese modo cuanto la Naturaleza tiene de más perfecto y encantador en los pinceles con que delinea y pinta ese hermoso ángel de tentación que se llama mujer.