Amalia
Amalia Luisa acababa de formar una corona con los cabellos de Amalia en torno de su bellísima cabeza, cuando la hija del jardín argentino abrió los ojos y derramó de ellos, húmedos y melancólicos, un mar de luz parecida a la que vierten los crepúsculos de una tarde lánguida del mes de enero.
Sus labios, rojos como la flor del granado, se abrieron para dejar libertad a un suspiro aromado con las esencias de su corazón, que acababa de despertarse entre el jardín de las ilusiones.
Sus brazos, que habrían dado envidia al cincel que labró la Venus de los Médicis, y cuya encarnación casi trasparente sólo habría podido imitarse en alguna veta privilegiada del mármol de Carrara, desnudos hasta los hombros, sobre los que había apenas una pulgada de encaje para sostener el cambray que coqueteaba sobre su seno, se extendían descuidados sobre los del sillón; y su pequeño pie, desnudo, entre una chinela de cabritilla, se escapaba del peinador de batista, de cuyas ondas, semejantes a una tenue neblina, se podría decir:
Porem nem tudo escondo, nem descobre
como de la gasa que cubría a la hermosa Dione del príncipe de los poetas lusitanos.