Amalia
Amalia —Bien, bien: de lo primero hago alarde, porque eso no prueba otra cosa que los vastos estudios que he hecho en nuestro rico, fecundo y elocuente idioma. En cuanto a lo segundo, te diré que yo no he tomado la dosis sino cuando, poco más o menos, todos nos hemos enfermado de un mismo mal en Buenos Aires, y…
—Silencio y despacio —dijo el individuo de la capa, en quien los lectores habrán reconocido a su amigo Daniel, como en su interlocutor al antiguo maestro de primeras letras, empleado en otro tiempo por la Comisión Topográfica, según la hoja de sus servicios públicos.
«Silencio y despacio», había dicho Daniel al llegar con su acompañante a la prolongación de la calle de Balcarce, cuya línea irregular son los tres últimos ángulos de las calles de San Lorenzo, de la Independencia y de Luján, según se llamaban entonces.
Los dos personajes siguieron por ella en dirección a Barracas muy tranquilamente; llegaron a la de Cochabamba y, siendo Daniel quien dirigía la marcha, doblaron hacia el río y se pararon a la puerta de una casa, al principio de esa calle de Cochabamba, a la derecha.
—Dé usted vuelta con precaución y vea si alguien viene —dijo Daniel a su compañero en el momento de llegar a la puerta.