Amalia
Amalia La caña de la India cayó al suelo inmediatamente, como era la costumbre del señor don Cándido Rodríguez, cuando, a costa del puño de marfil, «policeaba» con sus ojos el camino que acababa de andar.
—Nadie, mi querido Daniel.
Y el joven, con la mayor calma y sangre fría, abrió la puerta con una llave que traía en su bolsillo; hizo entrar a su acompañante y, cerrando otra vez la puerta, volvió a guardar su llave en el bolsillo.
Don Cándido, entretanto, se había puesto más blanco que la alta y almidonada corbata de estopilla, tan adherida siempre a su persona como su caña de la India.
—¿Pero qué es esto? ¿Qué casa misteriosa y recóndita es ésta a que me conduces, mi querido Daniel?
—Es una casa como otra cualquiera, mi querido señor —dijo Daniel, levantando el picaporte de una puerta al zaguán y entrando a una pieza que servía de sala, yendo el señor don Cándido casi pegado a los pliegues de la capa de su discípulo.