Amalia
Amalia —Espere usted aquí —le dijo Daniel, pasando a una habitación contigua a la sala, donde había una de esas camas de matrimonio que necesitan una escalera para su ascensión. Daniel levantó la colcha de zaraza que la cubría, se convenció de que no había nadie oculto bajo aquella mole inmensa; pasó en seguida a otras dos habitaciones en que repitió la misma operación que con la colcha de la cama, en cuatro catres de lona muy pobremente cubiertos, pero con mucho aseo y con algunas mallas en las fundas, últimos restos de una pasada opulencia en la reina de aquella Roma; registró, en fin, todo cuanto en aquella casa podía ocultar una persona y, saliendo al pequeño patio, afirmó a la pared una escalera de mano, y subió a la azotea: no quedaba ya sino un cuarto de hora o veinte minutos de claridad.
Daniel recorrió con una mirada de águila toda la extensión que descubría desde aquel punto. No había en derredor de él ninguna eminencia que dominase el lugar en que se encontraba. Al frente de la casa se descubría una hermosa quinta; al fondo, el hueco y las casuchas donde comienza la calle de San Juan; a la derecha, unos cuartos en ruina; a la izquierda, una casa antigua y vacía que daba a la barranca, y a la cual se abría una pequeña ventana en la cocina de la casa. Daniel examinó todo esto en un minuto y descendió al patio.
—¡Mi querido y estimado y bien amado señor don Cándido! —gritó desde allí.