Amalia
Amalia —¿Daniel? —contestó con voz trémula desde la sala el maestro de primeras letras.
—Ha llegado el momento de trabajar —le dijo el discípulo— y, sobre todo, de no tener miedo —continuó al verlo pálido como un cadáver.
—¡Pero Daniel, esta casa! ¡Esta soledad! ¡Este misterio! ¡En las circunstancias en que vivimos!… Mi posición de empleado secreto de Su Excelencia el señor ministro y…
—Señor don Cándido, usted ha desparramado la noticia de la rebelión del general Lamadrid.
—¡Daniel! ¡Daniel!
—Es decir, me lo dijo usted a mí, y tanto vale decir estas cosas a uno solo, como a mil.
—Pero tú no me perderás, Daniel —exclamó el pobre don Cándido, próximo a caer de rodillas delante del joven.
—Al contrario, para salvar a usted le hice dar un empleo que hoy comprarían con cien mil pesos muchos otros.
—Es por eso que yo te daría mi borrascosa, huérfana y trémula existencia —exclamó don Cándido, abrazando fuertemente a Daniel.
—Bien, eso era lo que, yo quería que usted me repitiera; vamos ahora al trabajo: trabajo de cinco minutos solamente.
—De un año, de dos, no importa.