Amalia
Amalia —Suba usted —dijo Daniel, señalando la escalera a don Cándido.
—Subo.
—Hasta la azotea.
—¿Y qué quieres que haga en la azotea?
—Suba usted.
—¡Pero nos van a ver!
—Suba usted con mil…
—Ya estoy en la azotea.
—Y yo también —dijo el joven, poniéndose en tres saltos al lado de su compañero—; ahora sentémonos en el suelo.
—Pero hombre…
—¡Señor don Cándido!
—Ya estoy, Daniel.
El joven sacó del bolsillo de su levita un pliego de papel marquilla, un compás, un lápiz; desdobló el papel, lo extendió sobre el piso de la azotea, y dijo con una voz que no admitía réplica:
—Señor don Cándido: un croquis de todos los alrededores de esta casa, en diez minutos, porque no tenemos sino quince de luz.
—Pero…
—A grandes líneas: no necesito detalles: distancias y límites solamente. Dentro de diez minutos baje usted a la sala, donde me encontrará.