Amalia

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—Ya no tenemos nada que hacer en ella —dijo Daniel, encaminándose al zaguán, completamente oscuro.

Pero, en el momento de ir a poner la llave en la cerradura, otra llave entró en ella por la parte exterior de la puerta, y la abrió con tanta prontitud que apenas dio tiempo a don Cándido para pegarse como una sombra a la pared del zaguán, y a Daniel para retroceder dos pasos y llevar su mano a uno de los bolsillos de su levita. Esta acción fue instintiva, sin embargo, porque Daniel hacía algunos minutos ya que esperaba por momentos sentir abrir aquella puerta, pero él esperaba ver entrar por ella una mujer, varias mujeres quizá, pero no un hombre. Entretanto, era un hombre el que entró, y Daniel sacó entonces de su bolsillo aquel mismo instrumento mortífero con que salvó a Eduardo en la noche del 4 de mayo, y que todavía no hemos podido ver a clara luz para dar su nombre o su definición.

El individuo recién llegado hizo la misma operación que había hecho Daniel, es decir, cerró por dentro la puerta y se guardó la llave.

Don Cándido temblaba de pies a cabeza y hacía esfuerzos inauditos por rarificar su cuerpo contra la pared, pero todo esto eran flores.

El zaguán estaba oscurísimo.


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