Amalia

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Al darse vuelta el recién llegado y caminar el primer paso hacia adentro, rozó su brazo contra el pecho de don Cándido, y dando un salto hacia el ángulo de la puerta:

—¿Quién está ahí? —exclamó con una voz pujante, tirando al mismo tiempo de un cuchillo de quince pulgadas, cuya aguzada punta fue a tocar el hombro de don Cándido al estirarse el brazo que la dirigía.

La oscuridad era sepulcral, y un silencio profundo sucedió a la interrogación del desconocido.

—¿Quién está ahí? —repitió—. Conteste usted o lo mato por unitario, porque sólo los unitarios hacen emboscadas a los defensores de la Federación…

Nadie respondió.

—¿Quién es? Conteste porque lo mato —repitió el amable interrogador que, sin embargo, lejos de querer dar un paso hacia adelante, se perfilaba lo más que le era posible en el ángulo de la puerta, extendiendo el brazo, armado de su cuchillo, hacia adelante.

—Servidor de usted, mi distinguido y estimado señor, a quien no tengo el honor de conocer, pero a quien aprecio muchísimo —contestó don Cándido con una voz tan trémula y meliflua que inspiró al desconocido todo el valor que le faltaba y de que había querido hacer alarde un momento antes.

—Pero ¿quién es usted?

—Un humilde servidor suyo.


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