Amalia
Amalia —Amén.
—¿Pero crees que el fraile…?
—Silencio y andemos —dijo Daniel, doblando por la calle de los Estados Unidos, luego por la de Tacuarí, en seguida por la del Buen Orden, por donde caminó hasta llegar a la de Cangallo. Paróse en la esquina de ella, reclinó su codo en un poste, y mirando, con una expresión picante de burla y de cariño, la pálida fisonomía de don Cándido, alumbrada en aquel momento por la claridad de uno de los faroles de la calle, soltó la risa en las barbas de su respetable maestro de primeras letras.
—¿Te sonríes, Daniel?
—No, señor, me río con todas ganas, como lo ve usted.
—¿Y de qué?
—De ver atribuirle a usted empresas amorosas, querido maestro.
—¿A mí?
—¿Pues no se acuerda usted de la pregunta de su rival?
—Pero tú sabes…
—No, señor, no sé, y es por eso que me he parado aquí.
—¿Cómo? ¿No sabes que no conozco a nadie en esa casa?
—Ya lo sé.