Amalia
Amalia —Pero usted siempre se portará lo mismo, mi querido amigo.
—No, mi amado, mi protector, mi salvador Daniel: no, porque en cualquiera otra ocasión me habría caído muerto al sentir la punta del puñal contra mi pecho.
—¡Bah!
—Créelo, créelo, Daniel. Es efecto de mi organización sensible, delicada, impresionable. Tengo horror a la sangre, y ese demonio de fraile…
—Despacio.
—¿Qué hay? —preguntó don Cándido, girando su cabeza a todos lados.
—Nada, no hay nada; pero las calles de Buenos Aires tienen oídos.
—Sí, sí; mudemos de conversación, Daniel. Iba a decirte solamente que…
—¿Qué?
—Que tú tienes la culpa del peligro en que me he encontrado.
—¿Yo?
—Pues, ¿y quién?
—Sea, pero no le debo a usted nada.
—¿Cómo?
—Decía que si lo puse a usted en tal peligro, he sido al mismo tiempo quien le ha salvado de él.
—Es cierto, Daniel, y eres ya desde hoy mi amigo, mi protector, mi salvador.