Amalia
Amalia A pocos pasos, llamó a la puerta de una casa cuyo aspecto le daba un respetable carácter de antigüedad, revelando que si no era hija, era cuando más nieta de las que allí empezaron a edificarse desde el miércoles 11 de junio del año de gracia de 1580, en que el teniente de gobernador don Juan de Garay fundó la ciudad de la Trinidad y Puerto de Buenos Aires, haciendo el repartimiento de la traza de esa ciudad en ciento cuarenta y cuatro manzanas; de las cuales tocó a don Juan de Basualdo aquella en que estaba la casa de nuestro don Cándido Rodríguez.
Una mujer, a quien no haremos injusticia en atribuirle cincuenta inviernos, pues que las primaveras no se distinguían en ella, y a quien un buen español llamaría ama de llaves, pero a quien nosotros, buenos americanos, distinguiremos con el nombre de señora mayor, alta, flaca y arrebozada en un gran pañuelo de lana, abrió la puerta, y echó sobre Daniel su correspondiente mirada de mujer vieja: es decir, mirada sin egoísmo, pero curiosa.
—¿Hay luz en mi cuarto, doña Nicolasa? —le preguntó don Cándido.