Amalia
Amalia —Desde la oración está encendida —le contestó la buena mujer, con esa entonación acentuada, peculiar en los hijos de las provincias de Cuyo, que no la pierden jamás, pasen los años que pasen lejos de ellas, pues que es al parecer un pedazo de su tierra que traen en la garganta.
Doña Nicolasa atravesó el patio, y don Cándido entró con Daniel a una sala en cuyo suelo desnudo, embaldosado con esos ladrillos que nuestros antiguos maestros albañiles sabían escoger para divertirse en formar con ellos miniaturas de precipicios y montañas, dio Daniel un par de excelentes tropezones, aun cuando sus pies de porteño estaban habituados a las calles de la muy heroica ciudad, donde las gentes pueden sin el menor trabajo romperse la cabeza, a pesar de todos los títulos y condecoraciones de la orgullosa libertadora de un mundo, menos de ella.
Todo lo demás de la sala correspondía naturalmente al piso; y las sillas, las mesas y un surtido estante de obras en pergamino, pero esencialmente históricas y monumentales, confesaban, sin ser interrogadas, que la ocupación de su dueño era, o había sido, la de enseñar muchachos, quienes lo primero que aprenden es el modo de sacar astillas de los asientos, y escribir sobre las mesas con el cortaplumas, o con la tinta derramada.