Amalia
Amalia —¡Oh! ¡Yo tengo mejor memoria que usted, señor secretario!
—¿Ésa es ironÃa, eh? ¿Adónde vas con ella?
—A una friolera: a decir a usted que en ocho dÃas de secretarÃa, no me ha mostrado usted sino dos notas del señor don Felipe, que bien poco valÃan a fe mÃa.
—Pero no ha sido por olvido, Daniel. Te he dicho yo que don Felipe me ocupa actualmente en poner en limpio las cuentas que debe presentar al gobierno sobre consumos hechos en sus estancias por tropas de la provincia, pero nada, nada absolutamente de polÃtica, después de las dos notas que te mostré bajo la más completa reserva. Pero, a propósito, Daniel, ¿qué empeño tienes tú, qué interés en tomar parte en los secretos de Estado? Mira, oye, Daniel: entrometerse en la polÃtica en tiempos calamitosos y aciagos, es exponerse a lo que me pasó a mi el año 20. SalÃa yo de casa de una comadre mÃa, natural de Córdoba, donde se hacen las mejores empanadas y los mejores confites de este mundo, y donde mi padre aprendió el latÃn. ¡Qué hombre tan instruido era mi padre, Daniel! SabÃa de memoria la gramática de Quintiliano, el Ovidio, al cual un dÃa, siendo yo muchacho, le eché encima un tintero que tenÃa mi padre por herencia de mi abuelo, que vino…
—Que vino de cualquier parte; es lo mismo.