Amalia
Amalia —Bien, no quieres que prosiga, ya te conozco. Te preguntaba, pues, ¿qué interés tienes en saber los secretos de don Felipe?
—¡Bah! Curiosidad de hombre desocupado, nada más.
—¿Nada más?
—Cierto. Pero soy tan intolerante cuando no se satisface a mi curiosidad, que suelo olvidarme de todos los vínculos que me ligan a los que me irritan. Además, beneficio por beneficio, ¿no es esto justo, mi querido maestro? —dijo Daniel, dominando con su fuertísima mirada el pobre espíritu de don Cándido, como era su costumbre cuando le veía vacilar.
—¡Oh! Justo, muy justo —le contestó el secretario de don Felipe, apresurándose con una sonrisa paternal a borrar la mala impresión que hubiera podido hacer con sus últimas palabras en el ánimo de aquel joven cuya influencia lo avasallaba tanto; le había dado un puerto de seguridad en la borrasca que empezaba a correr en el pueblo de Buenos Aires, y que era poseedor al mismo tiempo de algunas indiscreciones suyas, cuya revelación le traería infaliblemente su ruina.
—Estamos de acuerdo, entonces —prosiguió Daniel—, y como prenda de nuestra firme alianza, tenga usted la bondad, mi buen amigo, de tomar la pluma de su tintero, y darme a mí un pliego de papel.
—¿Que yo tome una pluma y te dé a ti papel?