Amalia
Amalia —Eso es.
—¿Y vamos a escribir?
—A escribir.
—Pues, hijo, con una mesa de por medio, tú con el papel y yo con la pluma, te juro que será un verdadero prodigio nuestra escritura; sin embargo, ahí tienes el papel.
Daniel se reía, y empezó a doblar y multiplicar los dobleces en el papel que le dio don Cándido. En seguida, tomó un cortaplumas y cortó el papel por todos los dobleces, formando pequeños cuadros, poco más o menos del tamaño de una carta de visita. Y contando de ellos hasta el número 32, tomó ocho papelitos y se los dio a don Cándido, que lo estaba mirando y devanándose los sesos por comprender la ocupación de su discípulo.
—¿Y bien, qué hago con esto?
—Una cosa muy fácil y muy sencilla. ¿Es ésa la mejor pluma del tintero?
—Está cortada para perfiles —le contestó el antiguo maestro de escuela, levantando la pluma a la altura de sus ojos.
—Bien; ponga usted en cada uno de esos papelitos el número 24, en forma de escritura inglesa.
—El número 24 es un mal número, Daniel.
—¿Por qué, señor?