Amalia
Amalia —Palabra de honor, Daniel —dijo don Cándido, apretando la mano de su discípulo, que acababa de levantarse y se disponía a retirarse—. Palabra de honor, yo he sido joven, y sé lo que importa el honor de las mujeres y la reputación de los hombres. Palabra de honor. Vete tranquilo, y sé feliz, favorecido, acatado, como bien lo mereces.
—Gracias, mil gracias, amigo mío. Pero, mientras yo sigo sus consejos de cuidarme, usted no olvidará mi recomendación del plano. ¿No es verdad?
—¿No me has dicho que para mañana lo necesitas?
—Para mañana.
—No habrán dado las doce del día, cuando lo tendrás en tu poder.
—¡Llevado por usted mismo, bien entendido!
—Por mí mismo.
—Entonces, buenas noches, mi querido maestro.
—¡Adiós, mi Daniel, mi amigo, mi salvador, hasta mañana!