Amalia
Amalia —Moje usted en la negra la pluma que ha usado con la punzó.
—¿En qué forma?
—En forma sui generis; es decir, en forma de letra de mujer.
—¿Todo del mismo modo?
—Exactamente.
—Ya está; y son treinta y dos papelitos.
—Eso es: treinta y dos veces veinticuatro.
—Y treinta y dos Cochabambas —dijo don Cándido, que no podía despreocuparse de este nombre.
—Doy a usted repetidísimas gracias, mi querido amigo —dijo Daniel, contando y guardando los papeles dentro de su cartera.
—¿Es algún juego de prendas, Daniel?
—Esto es lo que es, mi buen señor, y nada más.
—Esto me huele a alguna intriga amorosa, Daniel; ¡cuidado, hijo mío, cuidado! ¡Buenos Aires está perdido en ese sentido, como en muchos otros!
—Amén. Y para que la perdición no se extienda hasta mi antiguo maestro y mi presente amigo, usted me hará el favor de olvidarse para siempre jamás de lo que acaba de escribir.