Amalia
Amalia Ni más ni menos que como un joven indolente, embriagado por esa voluptuosidad del alma y los sentidos a los veinticinco años de la vida, que nos hace perezosos exteriormente, porque toda nuestra actividad se reconcentra entonces en los deseos y en los recuerdos, Daniel llegó a su casa en la calle de la Victoria, en cuya puerta encontró a su fiel Fermín, que lo esperaba con impaciencia, porque eran ya las ocho y media de la noche, es decir, una hora más tarde de aquella en que Daniel volvía a su casa generalmente, a ponerse en estado, como decía, de no ser satirizado por su Florencia, verdadero afecto, única ilusión amorosa en su corazón; único hálito de felicidad que refrescaba el alma de ese joven, abrasada por la fiebre de la desgracia pública, y de la cual él no había conocido aún el más terrible de sus estragos, y por que habían pasado ya millares de hombres de la generación a que él pertenecía: y tal era la separación repentina y sin término del objeto amado.