Amalia

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En la época que atravesamos, las esperanzas del triunfo radiaban en la imaginación de los emigrados; pero por halagüeña que sea una promesa, si posible es tener la paciencia de esperar su logro en la edad más inquieta de la vida, cuando esa promesa hace relación con la política, no es lo mismo cuando ella forma parte de la vida de nuestro corazón, porque entonces cada hora es un siglo que pesa lleno de fastidio y zozobra sobre el alma; así con el dolor de la proscripción los emigrados sufrían, en su mayor parte, los terribles martirios del amor en la ausencia de la mujer amada.

Pero, en este sentido, Daniel era feliz. Él, el más devorado por el deseo de la libertad de su patria, el más dolorido por sus desgracias, el más activo por su revolución, podía, sin embargo, a los veinticinco años de su vida, respirar paz y felicidad en el aliento de su amada y ver a su lado esa luz divina, recuerdo o revelación del paraíso, que se derrama en la mirada tierna y amorosa de ese ángel de purificación y de armonía que se encarna en la mujer amada de nuestro corazón.

Así, Daniel entró contento a su casa; pues pronto debía salir de ella para volar al lado de su Florencia.

—¿Ha venido alguien? —preguntó Daniel, dirigiéndose a sus habitaciones.

—Sí, señor, hay un caballero en la sala.


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