Amalia

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—Gracias, señor don Daniel. Yo también tengo por el señor don Antonio una verdadera estimación: fue de los primeros argentinos que conocí en Buenos Aires. ¿Y cuándo viene a la ciudad?

—No lo sé, señor. Sin embargo, me parece que para setiembre u octubre tendré el placer de darle un abrazo; y espero entonces que tendremos el honor de ver a usted con más frecuencia en esta casa.

—¡Oh sí, sí! Yo salgo poco. Pero por el señor don Antonio se hacen excepciones con gusto. Somos antiguos amigos. Y, fiado en esta amistad, es que vengo a pedir al hijo una disculpa.

—¿A mí, señor? Los hombres como usted no se ven nunca en el caso de pedir disculpas.

—Sin embargo, me hallo en ese caso —dijo el anciano, con cierta expresión de disgusto.

—Veamos, señor, ¿qué falta es ésa de que habla la escrupulosa delicadeza de usted?

—Sabe usted, señor Bello, que he respondido a usted por los ciento cuarenta y cinco mil pesos que importan las tropas de ganado vendidas al abastecedor Núñez.

—Es cierto, señor, y en el acto de recibir la carta de usted, di orden para que fuese entregado el ganado.

—Es verdad, pero el plazo se vence mañana.

—No lo recuerdo ciertamente.


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