Amalia

Amalia

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—Sí, mañana: mañana, 19 de mayo.

—¿Y bien, señor?

—Es el caso que Núñez no ha reunido el dinero, que recién me lo avisa hoy, y que no tengo en caja esa cantidad, que no podré realizarla antes de una semana.

—¿Y qué necesidad hay de que sea en una semana? ¿Por qué no decir ocho, diez, veinte semanas, las que usted quiera? Al presente no tengo ninguna letra urgente de mi padre, y aun cuando así no fuera, sabe usted que los señores Anchorena la cubrirían en el acto. No me fije usted tiempo, señor González. Su palabra de usted me vale tanto como si aquella cantidad estuviese en mis gavetas.

—Gracias, amigo mío —dijo el señor González, con una expresión marcada de ese reconocimiento que es peculiar en los corazones sanos, cuando reciben un servicio—; yo tenía en mi caja —continuó— quinientas onzas de oro. Podía con ellas cubrir a usted; pero anteayer me he encontrado en uno de esos compromisos… de esos compromisos de esta época… pues… de que un hombre no sabe cómo libertarse.


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