Amalia

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—¡Ya! —exclamó Daniel, que al oír «compromiso» y «época», olvidó el respeto que debía guardar a los asuntos privados de un extraño, y quiso, por el contrario, incitarlo a su explicación—. ¡Ya!, ¡tanta suscripción, tanto donativo a hospitales, expósitos, universidad, guerra! Sobre todo, tantos préstamos, de que un hombre pacífico no puede eximirse por la posición de los que piden.

—¡Pues! Eso mismo es lo que acaba de sucederme.

—Préstamos que no vuelven —continuó Daniel, echándose hacia un brazo del sofá, como si sólo quisiera hablar de las generalidades de la época.

—No; felizmente, creo que esto no me sucederá esta vez, porque Mansilla me hipoteca su casa.

—¡Oh, es una hermosa finca! —dijo Daniel, que al oír el nombre de Mansilla conoció que el asunto era más interesante de lo que al principio creyó.

—¡Hermosísima! Pero de todos modos, es dinero parado, porque ni pagará intereses, ni yo le haré vender la finca cuando llegue el plazo.

—¡Oh, y hará usted muy bien! Usted conoce la posición del general Mansilla: con el préstamo, usted se hace de él un buen apoyo; con la reclamación se haría usted de él un mal enemigo quizá: los hombres colocados muy alto no gustan de que les reclamen nada.


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