Amalia
Amalia —Hombre ¡por Dios! Si Mansilla hiciera eso, sería una ingratitud, una felonía indigna de un hombre decente —dijo el honrado español, esforzándose en persuadirse de que el joven Bello se excedía en sus dudas, porque, más que la pérdida de sus quinientas onzas, lo lastimaba la idea de ser burlado por un hombre a quien prestaba un servicio.
—Señor González, usted es un anciano respetable; un hombre lleno de probidad y de experiencia; y yo no soy otra cosa que un joven que comienza la vida; sin embargo, yo le hablo a usted con la lealtad que uso siempre con aquellos que la merecen: haga usted lo posible porque se firme esa escritura; pero si encuentra usted resistencia, no lleve usted adelante este negocio: hágase usted cargo que ha perdido aquella cantidad en cualquier especulación.
—¿Pero qué resistencia puede haber?
—No pregunte usted eso, señor González. Raciocinemos sobre los hechos, y no preguntemos si deben o no suceder; bástenos saber que suceden. ¿Cree usted que un cuñado de Rosas se deje demandar impunemente? ¿No tiene usted en cuenta para nada el orgullo de los hombres, nunca más resentido que cuando les hieren en su altanería?
—Conque entonces, si le quitan a uno…