Amalia
Amalia —Y bien, señor, usted no me conoce —dijo Amalia, levantando su cabeza y fijando sus ojos en los de Eduardo.
—¿Cómo, señora?
—Que usted no me conoce; que usted me confunde con la generalidad de las personas de mi sexo, cuando cree que mis labios puedan decir lo que no sienta mi corazón, o más bien, porque no hablamos del corazón en este momento, lo que no es la expresión de mis ideas.
—Pero yo no debo, señora…
—Yo no hablo de los deberes de usted —le interrumpió Amalia con una sonrisa encantadora—, hablo de mis deberes: he cumplido para con usted una obligación sagrada que la humanidad me impone, y con la cual mi organización y mi carácter se armonizan sin esfuerzo. Buscaba usted un asilo, y le he abierto las puertas de mi casa. Entró usted a ella moribundo, y lo he asistido. Necesitaba usted atención y consuelos, y se los he prodigado.
—¡Gracias, señora!