Amalia

Amalia

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—No pierdas un segundo, Amalia, abre en este momento en que está solo el camino; me va la vida, más que la vida ¿lo entiendes ahora?

—¡Dios mío! —exclama la joven, que cierra la ventana, y se precipita a la puerta de la sala, de ésta a la de la calle, que abre sin cuidarse de hacer poco o mucho ruido, y que saliendo hasta la vereda, dice a Daniel:

—¡Entra! —pronunciando esta palabra con ese acento de espontaneidad sublime que sólo las mujeres tienen en su alma sensible y armoniosa cuando ejecutan alguna acción de valor, que siempre es en ellas la obra, no del raciocinio, sino de la inspiración[16].

—Todavía no —dice Daniel, que ya estaba en tierra con Eduardo sostenido por la cintura; y de ese modo, y sin soltar la brida del caballo, llega a la puerta.

—Ocupa mi lugar, Amalia; sostén a este hombre que no puede andar solo.

Amalia, sin vacilar, toma con sus manos un brazo de Eduardo que, recostado contra el marco de la puerta, hacía esfuerzos indecibles por mover su pierna izquierda que le pesaba enormemente.

—¡Gracias, señorita, gracias! —dice con voz llena de sentimiento y de dulzura.

—¿Está usted herido?

—Un poco.


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