Amalia
Amalia —¡Oh, basta, señor, basta! —dijo la joven, retirando su mano y cubriéndose los ojos. Su corazón sufrÃa esa terrible lucha que se establece en las mujeres en ciertos momentos en que su corazón quiere hablar, y sus labios se empeñan en callarse.
—No —prosiguió Eduardo—, déjeme usted al menos por la primera, por la última vez quizá, hacer a sus pies el juramento santo de la consagración de mi vida al amor de la única mujer que ha inspirado en mi alma, con mi primera pasión, la primera esperanza de mi felicidad en la tierra. Amo, Amalia, amo, y Dios es testigo de que mi corazón es estrecho para la extensión de mi cariño.
Amalia puso la mano sobre el hombro de Eduardo. Sus ojos estaban desmayados de amor. Sus labios, rojos como el carmÃn, dejaron escurrir una fugitiva sonrisa. Y tranquila, sin volver sus ojos de la contemplación extática en que estaban, su brazo extendióse, y el Ãndice de su mano señaló la rosa blanca que se hallaba en el suelo.
Eduardo volvió los ojos al punto señalado, y…
—¡Ah! —exclamó, recogiendo la rosa y llevándola a sus labios—. No, Amalia, no es la beldad la que ha caÃdo a mis pies, soy yo quien viviré de rodillas: yo, que tendré su imagen en mi corazón, como tendré esta rosa, lazo divino de mi felicidad en la tierra.