Amalia
Amalia —¡Hoy no! —dijo Amalia, arrebatando la rosa de la mano de Eduardo—. Hoy necesito esta flor, mañana será de usted.
—Pero esa flor es mi vida, ¿por qué quitármela, Amalia?
—¿Vida, Eduardo? Basta, ni una palabra más, por Dios —dijo Amalia, retirándose del lado de Eduardo—. Sufro —prosiguió—; esta flor, caída en el momento que se me habla de amor, ya ha sido interpretada. Bien, se ha interpretado la verdad; pero en mi espíritu supersticioso acaba de pasar una idea horrible. Basta, basta ya.
—¿Y quién estorbaría hoy nuestra felicidad en el mundo?…
—Cualquier locura, cosa muy fácil de hacer por ciertas personas en ciertos estados de la vida, sobre este mundo, el mejor de los mundos posibles, como decía no sé quién —dijo Daniel Bello, que entraba a la sala sin que le hubieran sentido venir por las piezas interiores.
—No hay que incomodarse —continuó, al ver el movimiento que hizo Eduardo para retirarse un poco del lugar tan inmediato a Amalia que ocupaba en el sofá—. Pero ya que me dejas espacio, me sentaré en medio de los dos.