Amalia
Amalia Eduardo bajó los ojos, pero Amalia, que con su vivísima imaginación había comprendido que aquellas palabras encerraban algún misterio, se dirigió a su primo con esa prontitud de las mujeres, cuando les hiere alguna de las cuerdas de esa arpa de celosos afectos que se llama su corazón, y le preguntó:
—¿Puedo saber por qué no es lo mismo la noche del 24 de mayo que otra cualquiera, para que el señor me haga el honor de acompañarme?
—Es justísima tu interrogación, mi querida Amalia, pero hay ciertas cosas que los hombres tenemos que reservar de las señoras.
—Pero aquí hay algo de política, ¿no es verdad?
—Puede ser.
—Yo no tengo ningún derecho para exigir de este caballero el que me acompañe; pero a lo menos, creo tenerlo sobre él y sobre ti para recomendarles un poco de prudencia.
—Yo te respondo de Eduardo.
—De los dos —se apresuró a decir Amalia.
—Bien, de los dos. Quedamos, pues, en que a las doce irás a lo de Florencia. Pedro te servirá de cochero, y el criado de Eduardo de lacayo. Una vez en casa de madama Dupasquier, montarás con ella en su coche para ir al baile, y el tuyo volverá a buscarte a las cuatro de la mañana.