Amalia
Amalia —¡Bravo! ¡Superior! —exclamó Daniel, saludando a Amalia y a Eduardo sucesivamente—. Estáis inspirados y me habéis convencido —continuó—, es una locura que mi querida prima vaya al baile. Que no vaya, pues. Pero hará muy bien en empezar a quemar sus colgaduras celestes, para no ofender los delicados ojos de la Mazorca, cuando tenga el honor de recibir su visita dentro de algunos días.
—¡Esa canalla en mi casa! —exclamó Amalia, resplandeciendo sus ojos con todo el brillo de su orgullo, e irguiendo su cabeza, que parecía en aquel momento querer reclamar la majestad de una corona—. Y bien —prosiguió—, mis criados harán con ella lo que se hace con los perros: la echarán a la calle.
—¡Superior! ¡Sublime! —exclamó Daniel, frotándose las manos; y, echando luego su cabeza hacia el respaldo del sofá y mirando al cielo raso, preguntó con una calma glacial:
—¿Cómo van las heridas, Eduardo?
Un estremecimiento nervioso y súbito como el que ocasiona el golpe eléctrico, conmovió la organización de Amalia. Eduardo no respondió. Él y ella habían comprendido en el acto todo el horrible recuerdo que encerraba la interrogación de Daniel, y todo cuanto, al mismo tiempo, quería presagiarles con ella.
—Iré al baile, Daniel —dijo Amalia, humedecidos sus ojos por una lágrima brotada de su orgullo.