Amalia
Amalia —Convenido, sí —dijo Amalia—. A las doce a casa de madama Dupasquier; de estas nuevas amigas que tú me has dado, y que pareces tener empeño en que les sea importuna desde temprano.
—¡Bah! La señora Dupasquier es una santa señora, y Florencia está encantada de ti, desde que sabe que no eres su rival…
—Y Agustina; Agustina ¿qué motivos, qué interés tiene para querer tratarme? ¿También es por celos?
—También.
—¿De ti?
—No; desgraciadamente.
—¿Y de quién?
—De ti.
—¿De mí?
—Sí, de ti; ha oído hablar de tu belleza, de tus muebles y trajes exquisitos, y la reina de la belleza y los caprichos quiere conocer a su rival en ellos: he ahí todo.
—¡Bah! Pero, ¿y Eduardo?
—Me lo llevo.
—¿Tú?
—Yo.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo. ¿No hemos convenido en que me lo prestarías por hoy?