Amalia
Amalia —¡Pero salir de día! Tú me habías hablado de llevarlo esta noche por algunas horas a tu casa.
—Ciertísimo, pero no podré volver a esta casa hasta mañana.
—¿Y bien?
—Y bien, Eduardo no saldrá sino conmigo.
—¿De día?
—De día; ahora mismo.
—Pero lo verán.
—No, señora, no lo verán: mi coche está a la puerta.
—¡Ah! No lo había sentido llegar —dijo Amalia.
—Ya lo sabía.
—¿Tú?
—Yo.
—¿Tienes también el don de segunda vista como los escoceses?
—No, mi linda prima, no; pero tengo la ciencia de las fisonomías, y cuando entré a esta sala…
—Señora, ¿me hace usted el favor de mandar callar a su primo para que no nos diga algún disparate? —dijo Eduardo, cortando la frase de Daniel, y acompañando sus palabras con una sonrisa la más inteligible para Amalia.