Amalia
Amalia —¡Toma! Nuestro querido Eduardo, Amalia mía, cree que yo iba a cometer el desatino de repetir lo que él probablemente te estaría diciendo al entrar yo, pues que ha clasificado de disparate la frase que me dejó entre la boca.
—¡Hola! También es usted mordaz, caballero —dijo Amalia, acompañando sus palabras con una mímica poco agradable para Daniel; es decir, arrancándole dos o tres hebras de sus lacios cabellos, sin que Eduardo lo notase y con tal prontitud que obligó a Daniel a hacer una exclamación.
—¿Qué hay? —preguntó Amalia, con la cara más seria del mundo, y fijando sus bellísimos ojos en los de su primo.
—Nada, hija, nada. Me imaginaba en este momento que tú y Florencia serán las más lindas mujeres de esta noche.
—¡Gracias a Dios que te oigo decir una cosa razonable! —dijo Eduardo.
—Gracias, y para que sean dos, te diré que es hora de que pidas tu sombrero y me acompañes.
—¡Ya!
—Sí, ya.
—Pero es temprano aún.
—No, señor; por el contrario, es tarde.
—Bien, ahora.
—No, ya.