Amalia
Amalia Las luminarias de la plaza de la Victoria[65], la iluminación interior del palacio, que a través de sus largas galerías de cristales proyectaba su claridad hasta la plaza del 25 de Mayo, la rifa pública, los caballitos, y, sobre todo, la aproximación de ese 25 que jamás deja de obrar su influencia mágica en el espíritu de sus hijos, arrastraban en oleadas hacia las dos grandes plazas a ese pueblo porteño que pasa tan fácilmente del llanto a la risa, de lo grave a lo pueril, y de lo grande a lo pequeño: pueblo de sangre española y de espíritu francés, aunque no era ésta la opinión de Dorrego, cuando desde la tribuna gritó a la barra que lo interrumpía: Silencio, pueblo italiano; pueblo, en fin, cuyo estudio psicológico seria digno de hacerse, si alguien pudiera estudiar en las páginas desencuadernadas del libro sin método y sin plan que representa su historia.
Los coches que se dirigían a las casas de los convidados al baile empezaban a correr con dificultad por las calles paralelas a las plazas de la Victoria y de 25 de Mayo; los cocheros tenían que contener los caballos; y los lacayos, que habérselas con esos muchachos de Buenos Aires que parecen todos discípulos del diablo; y que se entretienen en asaltar a aquéllos y disputarles su lugar, en lo más rápido del andar del coche.