Amalia

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De repente, uno de los coches que venía del Retiro hacia la plaza de la Victoria, pasa sus ruedas por encima de una especie de confitería ambulante colocada bajo la vereda de la Catedral, y una grita espantosa se alza en derredor del coche, acusando al cochero de haber muerto media docena de personas; porque para el pueblo no hay una cosa más divertida que tener a quien acusar en los momentos en que todo lo que le rodea es inferior a la potencia soberana que representa.

Los vigilantes acudieron. El coche estaba entre un mar de pueblo. Se buscaba los muertos, los heridos; no se halla nada de esto, sin embargo; pero las mujeres lloran, los muchachos gritan, los vigilantes regalan cintarazos a derecha e izquierda y el coche no puede moverse.

—¡Adelante! Rompe por el medio de todos. Rompe la cabeza a cuantos halles, pero anda, con mil demonios —dice al cochero uno de los personajes que conducía el carruaje.

—Señor vigilante —dice otro de los que estaban dentro, sacando la cabeza por uno de los postigos del coche, y dirigiéndose a uno de los agentes de policía, que en ese momento hacía más heroicidades sobre las espaldas de los pobres diablos que allí había, que las que hizo Eneas en la terrible noche—; señor vigilante, creo que no se ha hecho mal a nadie; reparta usted este dinero entre los que hayan perdido algunas frutas, y haga usted que podamos pasar, pues que vamos de prisa.


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