Amalia

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Marchaban de dos en dos, cuando, al desembocar la última calle que les faltaba para llegar a la casa aislada que se encontraba sobre la barranca, se hallaron de manos a boca con tres hombres, encapotados también, que venían en la dirección de la calle de Balcarce.

Las dos comitivas se pararon instantáneamente y, contemplándose sin duda, guardaron por algún tiempo un profundo silencio.

—Es preciso salir de esta posición; en todo caso somos cuatro contra tres —dijo a sus compañeros uno de los hombres que habían bajado del coche. Y con su última palabra dio su primer paso hacia los tres desconocidos.

—¿Puedo saber, señores, si es por nosotros que se han tomado ustedes la molestia de interrumpir su camino?

Una carcajada en trino fue la respuesta que recibió el que había hecho aquella paladina interrogación.

—¡Al diablo con todos vosotros! ¡No ganamos para sustos! —dijo el mismo que había hablado antes, a quien ya se habían reunido sus compañeros, pues que todos se habían reconocido recíprocamente por la voz y por la risa: todos eran unos. Y todos marcharon en dirección al río.

A pocos pasos llegaron a una puerta que nuestros lectores recordarán, aun cuando un poco menos que el maestro de primeras letras de Daniel.


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