Amalia
Amalia Pero la pobre Amalia no conocía a nadie, con nadie estaba comprometida; los jóvenes se chasquearon, y ella quedó sola al lado de una señora anciana, con todos los aires de una de aquellas viejas marquesas de tiempo de Luis XIII en Francia, o del virrey Pezuela en la ciudad de los Incas.
—Ha venido usted muy tarde, señorita —dijo a Amalia la señora anciana, haciéndole uno de esos saludos casi imperceptibles, pero elegantes, que sólo saben hacer las personas de calidad, que han aprendido desde niñas el manejo de los ojos y de la cabeza.
—En efecto, pero me ha sido imposible venir antes —contestó Amalia, volviendo el saludo a su vecina, en cuya fisonomía y en cuyo traje descubrió al momento una persona de distinción, como al mismo tiempo su poca exaltación por la causa federal, en el moño pequeñísimo que traía, casi oculto, entre un adorno de blondas negras en su cabeza. Porque hasta los días en que estamos del año de 1840, el más o menos federalismo se calculaba por el mayor o menor tamaño de las divisas; y dos personas que se encontraban, sabían perfectamente la opinión a que ambas pertenecían con sólo mirarse el ojal de la casaca, si eran hombres, o la cabeza, si eran señoras.
—Creo que es ésta la primera vez que tengo el honor de ver a usted. ¿Acaso ha llegado usted de Montevideo?