Amalia
Amalia —No, señora, resido en Buenos Aires hace algún tiempo.
—¡Algún tiempo! Entonces ¿no es usted de Buenos Aires?
—No, señora, soy tucumana.
—¡Ah! Bien me lo decía yo. ¡Era imposible que usted no hubiera llamado mi atención, si fuera usted mi compatriota!
—Sin embargo, creo que tengo el honor de ser compatriota de usted, señora.
—Sí, sí, en cuanto a argentina; quise decir de Buenos Aires.
—Es cierto, soy provinciana, como nos llaman aquí —dijo Amalia, con una sonrisa tan amable que acabó de seducir a la buena señora, que desde ese momento conoció que tenía por interlocutora a una persona de espíritu y de clase.
—Conozco mucho —le dijo— a la madre de Florencia. ¿Acaso será usted parienta de ella?
—No, señora. Tengo el honor de ser su amiga solamente, me llamo Amalia Sáenz de Olabarrieta —dijo Amalia, anticipándose a satisfacer la curiosidad de su compañera, en quien ya había descubierto la propensión de hablar y preguntar que nunca es más común que en los bailes entre ciertas señoras que ya han perdido la esperanza de danzar en ellos.